El límite entre el cuidado y el riesgo no siempre es e
vidente.
Existen personas que dedican una gran cantidad de tiempo y energía a controlar qué comen, cuánto, cuándo y bajo qué condiciones. En algunos casos, ese control busca modificar el peso o la apariencia corporal. En otros, permite organizarse, anticipar situaciones o disminuir momentáneamente la ansiedad y la sensación de incertidumbre.
Muchas de estas prácticas están socialmente valoradas y se presentan como disciplina, voluntad o cuidado de la salud. Sin embargo, resulta necesario preguntarnos: ¿qué ocurre cuando las reglas creadas para cuidarnos comienzan a interferir con la salud, los vínculos y la vida cotidiana de manera negativa?
El control no es necesariamente un problema
Controlar y planificar forman parte de nuestra capacidad de autorregulación. Organizar las comidas, contemplar necesidades de salud o establecer ciertas rutinas puede ser útil y brindar estructura.
El problema no reside únicamente en la existencia de una regla, sino en el vínculo que se construye con ella. Un control flexible admite excepciones, puede adaptarse a diferentes contextos y permite registrar las necesidades del cuerpo. Un control rígido, en cambio, exige cumplir normas estrictas y puede generar ansiedad, culpa o sensación de fracaso cuando no es posible respetarlas.
Por eso, más que clasificar el control como “bueno” o “malo”, es útil observar su función, su rigidez y sus consecuencias.
Una conducta que también puede aliviar
No todo control alimentario se relaciona exclusivamente con el deseo de adelgazar. En algunas personas, controlar la comida puede producir una sensación momentánea de orden, seguridad o dominio frente a emociones difíciles.
Por ejemplo, una comida imprevista puede despertar ansiedad. Establecer una nueva regla o restringir determinados alimentos puede reducir esa ansiedad durante un tiempo. Ese alivio favorece que la conducta se repita y puede formar un circuito:
Malestar o incertidumbre → control o restricción → alivio momentáneo → mayor necesidad de volver a controlar.
Investigaciones recientes sobre intolerancia a la incertidumbre y conductas alimentarias sugieren que, en algunas personas, el control del peso, la forma corporal o la alimentación puede utilizarse como una estrategia para manejar el malestar emocional. Esto no significa que exista una única causa ni que todas las personas experimenten el control de la misma manera. Significa que la conducta puede cumplir una función, aun cuando a largo plazo genere sufrimiento.
Comprender para qué sirve el control permite ir más allá de explicaciones centradas solamente en la voluntad.
Una línea delgada y, a veces, difusa
No toda dieta ni toda preocupación por la alimentación representa un trastorno de la conducta alimentaria. Sin embargo, existen conductas intermedias que, aun sin cumplir criterios diagnósticos, pueden afectar la salud física, psicológica y social.
Algunas señales son:
Saltear comidas o realizar ayunos como compensación;
Eliminar grupos de alimentos sin indicación clínica;
Clasificar los alimentos como “buenos”, “malos”, “permitidos” o “prohibidos”;
Experimentar episodios de pérdida de control al comer;
Utilizar el ejercicio para compensar lo ingerido;
Revisar reiteradamente el peso o la forma corporal;
Evitar reuniones por miedo a la comida disponible;
Sentir que el valor personal depende de haber comido “correctamente”.
El riesgo no se determina por una conducta aislada. Es necesario considerar su frecuencia, intensidad, motivación, flexibilidad y consecuencias.
¿Por qué puede pasar inadvertido?
Estas conductas suelen quedar ocultas porque muchas veces se presentan como alimentación saludable, compensación, fuerza de voluntad o disciplina. Incluso pueden recibir reconocimiento social.
Una persona puede continuar trabajando, estudiando y sosteniendo sus actividades mientras atraviesa un importante malestar. También puede pensar que “no está lo suficientemente mal” como para pedir ayuda. Por eso, no tener un diagnóstico o no presentar un determinado tamaño corporal no significa que no exista sufrimiento.
Las causas pueden ser múltiples: insatisfacción corporal, presión por alcanzar un ideal de delgadez, estigma relacionado con el peso, ansiedad, perfeccionismo, necesidad de certeza, experiencias familiares, mensajes recibidos en espacios de salud, prácticas deportivas y contenidos difundidos en redes sociales.
¿Qué magnitud tiene el problema?
Un metaanálisis publicado en JAMA Pediatrics reunió 32 estudios realizados con 63.181 niños y adolescentes de 16 países. El 22,36 % obtuvo un resultado positivo en una prueba de detección de alimentación alterada. La proporción fue mayor en las niñas (30,03 %) que en niños (16,98 %).
Estos resultados muestran que las señales de riesgo son frecuentes y que la adolescencia constituye un período especialmente sensible para la prevención y la detección temprana.
En Argentina todavía no contamos con una medición epidemiológica nacional y actual que permita establecer la prevalencia de estas conductas en toda la población. Un estudio interesante publicado en 2024 evaluó a 1.107 usuarios argentinos de Instagram: el 59,7 % presentó preocupación por su imagen corporal y el 45,3 % obtuvo un nivel moderado o alto de conductas alimentarias de riesgo. Entre quienes manifestaron una preocupación marcada por su imagen corporal, el 90,9 % presentó algún nivel de riesgo.
Estos resultados ayudan a dimensionar la estrecha relación que puede existir entre la imagen corporal y ciertas conductas alimentarias.
¿Cómo reconocer que el control dejó de cuidar?
Algunas preguntas que pueden ayudar:
¿Cambiar el plan de comidas genera una ansiedad desproporcionada?
¿Las reglas tienen más peso que el hambre, la saciedad o el disfrute?
¿La alimentación se vuelve cada vez más limitada?
¿Aparece la necesidad de compensar después de comer?
¿Se evitan reuniones o actividades por miedo a perder el control?
¿La comida y el cuerpo ocupan gran parte de los pensamientos?
¿Flexibilizar una regla produce culpa, miedo o sensación de fracaso?
¿Este control amplía la vida o la vuelve más pequeña?
Una señal importante aparece cuando la alimentación deja de adaptarse a la vida y la vida comienza a organizarse alrededor de la alimentación.
¿Cómo empezar a salir?
Salir de un vínculo rígido con la comida no significa eliminar abruptamente toda estructura. Si el control está funcionando como una forma de regulación, retirarlo sin comprender esa función puede aumentar el malestar.
El proceso puede comenzar por reconocer la conducta sin juzgarla, identificar qué necesidad intenta resolver, diferenciar una elección de una regla impulsada por el miedo e incorporar flexibilidad de manera gradual.
También puede ser necesario revisar la relación con el cuerpo, el peso y la propia valoración personal. Cuando el control produce sufrimiento, consultar tempranamente puede evitar que las conductas se intensifiquen.
El trabajo interdisciplinario entre nutrición, psicología y medicina permite contemplar las dimensiones alimentarias, emocionales y físicas. El malestar y la interferencia en la vida cotidiana son motivos válidos para pedir ayuda.
Para finalizar
El objetivo no es patologizar cada decisión alimentaria ni generar alarma. Se trata de visibilizar que algunas prácticas muy naturalizadas pueden provocar sufrimiento.
El control puede ordenar, proteger y aliviar. La pregunta central es qué función cumple, cuánto cuesta sostenerlo y cuánto espacio deja para las necesidades del cuerpo, los vínculos, el disfrute y la vida.
Abrir conversaciones sobre estas conductas es una forma de prevención y cuidado. Tal vez el primer paso no sea eliminar el control, sino detenerse a observarlo: ¿el control sobre tu alimentación está ampliando tus posibilidades de cuidado o está empezando a limitar tu vida?.
Fuentes consultadas
López-Gil, J. F., García-Hermoso, A., Smith, L. y colaboradores (2023). “Global Proportion of Disordered Eating in Children and Adolescents: A Systematic Review and Meta-analysis”. JAMA Pediatrics, 177(4), 363-372.
Antonucci, A., Colella, J. y Chaín, P. (2024). “Relación entre la percepción de la imagen corporal y las conductas alimentarias de riesgo en un grupo de usuarios de Instagram”. DIAETA, 42, e2404206.
Granero, R., Krug, I. y colaboradores (2026). “Uncertainty Meets Disordered Eating and Body Image: A Transdiagnostic Network Study Across Depressive, Anxiety and Anorexia Nervosa Symptoms Including a Control Group”. Nutrients, 18(9), 1370.
“Flexible or Rigid Control of Eating Scale: Development and Validation of the FORCES in Women” (2025). Estudio sobre las diferencias entre el control alimentario flexible y rígido.